La casa tenía un condicionante que asusta a cualquiera: da directo al tren. Ese fue el mayor desafío del proyecto, y también la oportunidad de demostrar que una buena idea puede darlo vuelta.
Preservamos y recuperamos la estructura original —sus carpinterías, sus cielorrasos de bovedilla— y, sobre esa base, sumamos dos losas de hormigón visto y una terraza verde que corona la casa. La vivienda crece hacia arriba y hacia adentro, buscando luz, aire y verde lejos del ruido.
El programa se organiza en vertical: la planta baja para la vida social, la planta alta para lo íntimo. En el entrepiso aparece el estudio —hoy área de trabajo, mañana un cuarto más—, delimitado por una carpintería de hierro con un macetero lineal hecho a medida.
Todo se teje con una escalera de chapa plegada verde, que ordena los niveles y se roba la escena. Ese verde —el mismo del entorno— entra a la casa, funde el afuera con el adentro y realza la luz de cada ambiente.
Alrededor, el jardín se rediseñó respetando lo que ya crecía: las parras y la enamorada del muro que cubre las medianeras. En el fondo, una pérgola con parrilla para catorce: en verano la parra da sombra, y en invierno deja pasar el sol para mantener la casa cálida.
Un condicionante difícil, convertido en refugio. De ahí, Grape House.




















